Capítulo 1. La casa donde todo sale mal (o peor)

Bella

Isabella Cressweell tenía una relación sana con el control.

Ella misma se repetía que era una verdadera vocación, un talento que había sabido explotar con habilidad. Una forma de amar el mundo, de hacerlo amable y perfecto, para que no te decepcionase.

Por eso, cuando su lujoso y brillante sub cruzó el cartel discreto de East Hampton, ella ya llevaba en la cabeza el listado mental de tareas con viñetas invisibles para chequear. Confirmar flores, que no sean peonías blancas, pero no blanco roto porque luego parece un gris deprimente. Reunirse por Zoom con el equipo a las doce treinta exactamente. Visita técnica a la finca al día siguiente a las nueve en punto. Y no porque no la conociera. Llevaba toda su vida veraneando allí. Llamar a su prometido, Edward, para recordarle todo lo que debía traer.

Pensó en su padrastro, claro que estaría allí, y claro que querría inundar de energía la boda. Su boda. O sus hermanos, que insistirían en hacer ruido o molestarla. Y además…, no quería pensar en ese además.

Se ajustó con un ligero malestar las gafas y miró por la ventanilla. Los Hamptons siempre parecían una postal perfecta: hortensias como algodones de azúcar, entradas de gravilla que crujían al caminar sobre ellas, un sonido que siempre le encantó, y esa luz maravillosa, perfecta para las fotos, que su equipo ya había comprobado.

Aparcó delante, frunciendo el ceño. Demasiados coches para ser todavía principios de junio. ¿Es que acaso sus hermanos no tenían nada que hacer?

Su madre la miró mientras se quitaba el cinturón. La acompañaba en esto, claro, debía supervisarla, como siempre. Ella llevaba un elegante vestido de lino crema, el cabello recogido sin que un solo mechón se hubiera salido de su lugar y unas caras gafas de Fendi.

—¿Todo bien?

Ella asintió.

—Estaba pensando en las tareas. Pero bien, estoy bien. Funcionando.

—Bella, una no está funcionando, eso lo hacen las lavadoras —dijo y ella levantó una ceja. Vivir con un padrastro que se dedicaba al cine o que creía que el destino estaba escrito en las estrellas había influido en su madre—. Te vas a casar, hija. Deberías estar nerviosa, excitada, alegre.

—Tengo mucho que controlar, mamá. Bajemos.

Margot suspiró y miró de reojo a su hija. Era como un clon suyo de joven. Solo que no quería eso para ella.

Bella bajó del coche y arregló su vestido gris sin mangas. El calor estaba apretando y eso sería un contratiempo. Las flores no aguantarían.

La puerta de atrás del coche se abrió. Sophie, su hermanastra de diez años, salió quitándose los auriculares enormes que le cubrían media cabeza, con su bloc de notas y  un bolígrafo. Siempre andaba escribiendo. En eso se parecía a… la familia paterna.

—¡Por fin en el paraíso! —exclamó bailando y corriendo por toda la entrada. Bella bufó suavemente mientras su madre le dirigía una mirada de advertencia. Se le cayó el cuaderno y ella lo cogió. Estaba escrito con su pequeña y caótica letra. Su hermana se lo quitó de las manos.

—¿Qué es esto?

—Estoy documentando este viaje.

—¿Para qué?

—Para el futuro. Cuando escribáis vuestras memorias dramáticas y aburridas. Al menos yo pondré algo divertido.

—Sophie… —riñó suavemente su madre.

La niña se encogió de hombros y fue hacia la puerta. El señor McCord, el jardinero y miembro del servicio, salió para recibirlas y coger las maletas.

—Señora Donovan, señoritas, bienvenidas.

—Te veo bien, Severite —dijo su madre. Ella le dirigió una sonrisa amable. Llevaba trabajando para ellos más de cuarenta años.

—Estamos bien. Martha ha preparado una ensalada de cangrejo para comer.

—¿Ha llegado mi esposo?

—Sí, está en el jardín, ha dicho que quería plantar algo distinto —contestó el señor McCord encogiéndose se hombros.

Bella se mordió el interior de la mejilla para no decir nada. Richard Donovan, su padrastro desde hace quince años, era el típico padre ecologista, emocionalmente comprometido, amable hasta aburrir, que se empeñaba en hacerte un chocolate caliente sin preguntar si lo necesitabas y se sentaba delante de ti para escucharte, por mucho que no quisieras hablar.

Le costó aceptar que su madre se había enamorado de alguien tan distinto a ella. Alguien que se levantaba a las cinco no para ir a trabajar, sino para hacer yoga o meditación y que se marchaba a rodar sus documentales, volvía con la piel tostada y miles de anécdotas graciosas. Y no podría decir que se hubiera portado mal con ella o con sus hermanos. Pero con diecisiete años, no siempre estás dispuesta a ver con buenos ojos que tu pequeño universo cambie, además de que… él vino con dos hijos, gemelos y de su misma edad.

Y lo peor, que esa noche su madre le había llamado para decir que tenía un diagnóstico reservado, que estaba enfermo, aunque a falta de hacer algunas pruebas. Y, a pesar de todo, no quería que Richard se fuera. Se dijo que era porque hacía inmensamente feliz a su madre, porque la verdad, era un buen hombre.

Suspiró cuando entró en la fresca casa de paredes gruesas. Hacía años que las dos habían decorado la casa con tonos neutros y agradables. Era una casa de playa al estilo Hampton y había cambiado poco desde entonces. El diseño, cuando es bueno, no desluce en el tiempo.

La casa seguía siendo la misma: luminosa, enorme, perfecta. Demasiado perfecta para la tensión que sentía. El olor de las flores frescas le hizo sentirse emocionada. Claro que enseguida retomó la compostura.

Llevó la maleta a su habitación, al lado de la de los gemelos Donovan y al otro lado, de la de Sophie. Ya habían descargado algunas cajas y se amontonaban en un lateral. Frunció el ceño. Eso había que quitarlo de ahí. Cuando se comprometió con Edward su madre cambió la cama y puso una de matrimonio, aunque no habían ido muchas veces. La casa siempre estaba ocupada y preferían viajar a otros lugares.

Edward era abogado corporativo, especializado en la industria hotelera… Conocerlo fue bonito, aunque… neutral y práctico, como a ella le gustaba.

Dejó la maleta con un suspiro sobre la cama para deshacerla y alguien llamó al marco. Sophie se asomó.

—¡Cuántas cajas! ¿Puedo ayudarte a sacar cosas?

—No —dijo secamente. Ya sabía lo que para Sophie era sacar cosas. Abrir cajas, empezar a dejarlas por cualquier sitio, sin orden ni lógica. Ella la miró dolida y se arrepintió de haber sido tan dura. Que se llevasen veintidós años no ayudaba. Su madre la había tenido con veinte y a Sophie con cuarenta y cinco. Una locura.

—Ah, vale. ¿Puedo mirar entonces? Me gustan tus vestidos, aunque son todos iguales: grises y de colores neutrales.

—Neutros. Si vas a seguir el negocio de mamá debes aprender estas cosas —riñó con suavidad.

—He cambiado de opinión. Quiero ser escritora.

—Ya sabes que es una profesión complicada. No es muy rentable, a menos de que seas una best seller.

—Lo sé. Mamá me lo ha dicho. Pero tengo diez años, Bella. Ahora me da igual.

Se marchó y ella movió la cabeza. La ratona, la monstruita… como la llamaban sus hermanos, tenía toda la razón del mundo. Empezó a sacar sus vestidos… neutrales y esbozó una sonrisa. Lo cierto es que con su hermanita jamás se aburrían.

Dejó sitio para la ropa de Edward. Llevaban saliendo dos años y él se había puesto de rodillas hacía unos meses, cuando estaban de vacaciones en Bahamas. Fue algo muy bonito, aunque… neutral. Edward era el equivalente a una lámpara de diseño: atractivo, funcional, jamás se fundiría y… no sacaría chispas. Era perfecto para ella. Y la boda iba a ser en menos de quince días.

Ella estaba preocupada por su padrastro. Él le dijo que para qué esperar. Así que aceptó. Se asomó a la ventana. Se había escapado muchas veces para ir a las hogueras nocturnas con sus hermanos. Allí, en verano, los jóvenes se reunían para sus primeras experiencias con el alcohol, las drogas o el sexo. Frunció el ceño, enfadada. Y luego se enfadó por enfadarse. No tenía ninguna explicación racional para que aquello todavía le afectase.

Se puso un pantalón ligero y una camiseta y se recogió el cabello en un moño flojo. Quería dar una vuelta por la playa, pero sola y conociendo a su hermanita, la seguiría, así que cogió sus chancletas de marca y saltó por la ventana. Se alejó deprisa hacia el muelle, sintiendo la brisa cálida. Se había olvidado las gafas de sol, pero no importaba. Caminó por la arena, viendo a algunas personas pasear sin fijarse en nadie. Descalza, metió los pies en el agua notando el frescor delicioso. Casi sonrió. Casi se relajó.

Alguien se puso a su lado.

—Hola, Bella.

Se volvió al reconocer su voz. Maldita sea.

—Hola, Jacob

—Así que… te casas.

—¿No estás aquí por la boda? —preguntó ella sin mirarle a la cara.

Era alto. Más ancho de hombros que cuando era adolescente. El pelo oscuro algo más corto, la barba de pocos días, una camiseta blanca que parecía demasiado simple para alguien que irradiaba tanta… energía.

Su sola presencia recorría su cuerpo como si le picase todo. Se giró hacia el mar y supo que él también lo hacía. Podría ver todavía el reflejo del agua en sus ojos azules. Joder, ¿por qué Jacob Donovan seguía siendo el tipo más atractivo que jamás había conocido?

—Sí y no. Mi padre dijo que nos quería a todos aquí en el verano y como cierro la galería en julio, dejé a mi ayudante. Así aprovecharé para pintar un poco.

—Ya… pintar.

Se quedó mirando el mar, sin saber qué decir. Jacob siempre le producía esa timidez insana desde la primera vez que lo conoció. Cuando bajaron los gemelos del coche para presentárselos a su familia, ya lo padeció. Eran iguales, pero muy diferentes. Jacob serio, distraído, algo caótico. Leo irresponsable, gracioso, divertido. Solo que ella solo se quedó impresionada con uno de ellos.

—Creo que mi padre se está muriendo, aunque no lo diga —soltó él con una exhalación. Ella se giró y él la miró con pena en sus ojos. Lo abrazó. No pudo evitarlo.

Pasó los brazos por su nuca y se enterró en su cuello. Los aromas familiares la invadieron y él pasó los suyos por la cintura, atrapándola entre sus brazos.

—Lo siento, Jacob, de verdad. Sabes que lo quiero mucho —dijo en su cuello y notó que su suave vello se erizaba. Llevaba el cabello más largo. Se apartó, incómoda.

—Gracias, Bella. Es la vida, supongo. ¿Un paseo? La playa está preciosa, y eso que hubo un pequeño huracán hace poco.

—Vamos.

Caminaron en silencio, sus manos casi rozándose. Él acabó por metérselas al bolsillo. Carraspeó.

—Entonces, la boda será aquí.

—Sí, en dos semanas más o menos. Hay mucho que preparar.

—Conociéndote, ya tendrás miles de listas con todo apuntado.

Se echó a reír y ella se envaró. Vale, era su hermano. Bueno, técnicamente no lo era, pero habían convivido hasta que ella se fue a estudiar fuera. Y coincidían en reuniones familiares, aunque mantuvieran las distancias.

—Las listas son importantes, Jacob; claro que, siendo artista, es normal que no pienses en ellas.

Él se giró. —Dices lo de artista como si fuera un insulto. Pero claro, imagino que lo que te va son los abogados trajeados sin un cabello despeinado. ¿Tampoco se le mueve el pelo en la cama?

Ella enrojeció. —Eso ha estado fuera de lugar, Jacob.

—Lo siento, Bella. Tienes razón. Me vuelvo para casa.

Se giró sin dar más explicaciones y volvió sin esperarla.

—¡Será imbécil! —exclamó y continuó caminando por la playa. Sí, encima es que era cierto. Edward no se despeinaba en la cama y le… molestaba que ella pasara la mano por su cabello, cuando… cuando se ponía algo más salvaje. Se mordió el labio. Jacob seguía siendo un hombre imponente. Desde que ella se independizó no lo había visto demasiado, o al menos procuraba no coincidir con él, porque cada vez que lo veía se quedaba devastada—. Mierda, esto no va a ser fácil.

Sonrió. No se permitía decir palabras malsonantes en público, pero en privado, oh, sí. Ella tenía ese momento de desahogo. Como… como cuando se encerraba en la ducha. Frustrada, se dio media vuelta, debía saludar a Richard y no sabía si sus hermanos Mack y Charlie habían llegado. Otra vez la casa iba a estar repleta de gente, de caos y de desorden.

Volvió caminando y se sacudió la arena para entrar por el jardín. Richard estaba solo, recortando con unas pequeñas tijeras algunas hojas secas. Se giró al verla venir y sonrió, dejando las tijeras y abriendo los brazos.

—Isabella, qué preciosa estás. Ven aquí.

—Richard…

Se acercó porque él siempre exigía un abrazo. Al principio la incomodaba. Luego, con el tiempo, lo aceptó. Y él la abrazó con cariño. Siempre le hacía sentir que el mundo no era tan duro o difícil como ella sospechaba.  Luego, se separó. Notó que había adelgazado, su rostro, con la barba algo crecida, tenía sombras bajo los ojos.

—Es emocionante celebrar una boda. La primera de la familia. ¿Cuándo llega tu prometido?

—En una semana. Está en Londres por un tema de derechos de imagen. Yo me encargo de todo.

—Como tu madre, siempre encargándose de todo. Hija, de vez en cuando hay que soltar, ¿sabes? Dejarse llevar.

No resopló por respeto, pero se apartó. Él se la llevó a un banco que daba a la bahía.

—Las mejores vistas de los Hamptons —dijo con una sonrisa fatigada. Se volvió hacia ella—. No me mires así, no me he muerto todavía. Está por decidir.

—No bromees con eso, no es…

—¿Educado? Isabella, todos moriremos y no se trata de eso. Se trata de saber cómo has vivido. Y si has disfrutado de la vida. Si estás con la persona adecuada, si amas o te aman, realmente no es tan difícil.

—Visto así, no lo es —suspiró ella. Él soltó una pequeña risa.

—Sigues siendo una chica que piensa demasiado. ¿Qué te preocupa? La boda va a ser íntima, tienes todo preparado, de eso estoy seguro. ¿Entonces?

—No lo sé, Richard. Supongo que me estoy adaptando a volver. Hacia al menos dos años que no venía por aquí.

—Qué lástima. Vivir en este lugar es el paraíso. Tu madre y yo nos estamos planteando residir de forma permanente aquí. De todas formas, has asumido la mayor parte de su trabajo y las decisiones importantes.

—Ella es joven y ama su empresa —protestó, pero luego se arrepintió—. Lo siento, Richard.

—Sé ambas cosas y jamás le pediría nada. Fue Margot quien lo decidió. Si algo tiene tu madre es que nadie podría convencerla de algo que no quisiera hacer. Tú eres igual que ella. Un pequeño clon —dijo riéndose. Bella sonrió.

Su hermanita apareció y se sentó descaradamente sobre ella. Le enseñó su cuaderno. Había dibujado el paisaje desde su ventana y a ellos sentados en el banco. Era un boceto, algo hecho con rapidez, pero sin duda había talento allí.

—Sophie, es precioso —dijo su padre.

—Eres muy talentosa, hermanita —reconoció Bella—. ¿Me lo firmas y me lo regalas?

—Puedo vendértelo barato.

Los adultos se echaron a reír.

—Artista como tu padre, negociante como tu madre —dijo Charlie que apareció justo en ese momento. Bella sonrió a su hermano pequeño y él se sentó junto a ellos.

—¿Cuándo has llegado?

—Anoche, pero como te has escabullido por la ventana antes de saludarte, no me has visto.

—¿Y la serie?

—Acabó. Y solo era un secundario. Soy la mar de prescindible, Bella —dijo con un suspiro.

—Eres el mejor actor del mundo, Charlie —dijo Sophie pasando de las piernas de Bella a las de su hermano. Revolvió su cabello rubio, como el de Bella y se acomodó en su regazo, mostrándole sus dibujos.

—¿Estás haciendo un libro sobre la familia? —preguntó Charlie viendo que había dibujos de todos.

—Pues claro, las fotos están bien, pero es algo que se queda en el móvil. A mí me gustan en el papel.

—Puedes imprimirlas, Sophie —dijo Bella con sentido práctico. La niña movió la cabeza.

—No es lo mismo. Jacob me ha enseñado a capturar el instante.

El instante. Cómo no. El instante como en el que vio que su mundo se desplomaba. Por él. Se apartó y se despidió con una sonrisa para entrar en la casa, directa a la habitación, cerrando la puerta.

Se sentó en el suelo, apoyada en el armario. Esto no podía estar pasando, no porque ya tenía treinta y tres y era una mujer ordenada, tenía la vida perfecta, la que siempre había soñado y su novio ideal. Se iba a casar en unos días y sería feliz para siempre.

Y luego, estaba él.

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